Santa María Dominga Mazzarello

María Dominga Mazzarello conocida familiarmente como Maín, nació en Mornés, provincia de Alessadria al Norte de Italia, el 9 de mayo de 1837, era la mayor de 9 hermanos.

Su papá José Mazzarello, agricultor, de quien recibió una sólida formación. De él aprendió a mirar la vida con realismo concreto, sereno, a trabajar con sacrificio y esperanza, a descubrir el sentido de los acontecimientos. Su madre, Magdalena Calcagno, era de carácter alegre y comunicativo. De ella recibió una sabia formación femenina.

Maín era alegre, sencilla, amable, entusiasta y muy trabajadora. Ayudaba a su madre en las tareas de casa y a cuidar de sus hermanos. Dotada de una fuerza física poco común, ayudaba a su papá en los viñedos, quien decía con frecuencia: “Para que Dios no nos deje faltar nunca el pan, es necesario orar y trabajar”.

“Una joven apostólica muy comprometida”

Gracias a la educación profundamente cristiana recibida en familia, Maín hace grandes sacrificios para encontrarse diariamente con Jesús en la Eucaristía.

A los 15 años, por invitación de Ángela Maccagno, ingresó al primer grupo de la Pía Unión de las Hijas de la Inmaculada. La pertenencia a esta asociación, le dio la oportunidad de profundizar en la devoción mariana. La Virgen se convirtió en el ideal de vida consagrada y apostólica.

En 1860 llega, al pueblo de Mornés una fuerte epidemia de tifo. Su confesor, don Domingo Pesatrino, le pide que ayude a sus familiares que han sido contagiados por esta enfermedad. Maín acepta y va con generosidad a cuidar de sus parientes, no sin el temor de adquirir el contagio. Y así fue, contrajo la enfermedad y después de un largo período de padecimiento y convalecencia, se recupera, ha perdido su fuerza física, pero no la fe.

“Los caminos providenciales de Dios”

Nunca más volvió a ser la misma de antes, este acontecimiento la llevó a decidir un cambio de actividad: ya no podría hacer más las labores del campo. Estando de acuerdo con su amiga Petronila, decide aprender el trabajo de modista, con la finalidad de enseñar esta labor a las niñas y jóvenes pobres del pueblo para poder tener un trabajo con qué ganarse la vida y así librarlas de tantos peligros.

Un día de camino por una de las calles del pueblo, Maín tiene una visión misteriosa: Un gran edificio con varias niñas y jóvenes que corren por el patio mientras escucha una voz que le dice: “A ti te las confío”.

Con prudencia y sabiduría educó a las niñas y adolescentes del pueblo con un amor maternal preventivo. Abrieron un pequeño taller de costura. Poco después el Señor le envió las primeras huérfanas que fueron acogidas con gran caridad y alegría. También llegaron las primeras colaboradoras, que se unieron a esta misión con el grande deseo de hacer el bien, acompañadas con el gran apoyo y guía de Don Pestarino.  

En el mes de junio de 1864 Don Bosco llega a Mornés con sus jóvenes, tiene la intención de abrir un colegio para los niños de ese lugar. Maín se queda impresionada por la fuerte personalidad de este sacerdote y exclama: “Don Bosco es un santo y yo lo siento”. Don Bosco visita el pequeño taller de las Hijas de la Inmaculada conocidas así en el pueblo y queda admirado por el trabajo de este grupo de jóvenes. Éste ha sido un encuentro providencial.

Hijas de María Auxiliadora

Pio IX pide a Don Bosco de fundar un Instituto femenino que cuidara de las niñas, con el mismo estilo apostólico con que él lo hacía con los niños. Después de haber orado y consultado con su pequeño grupo de salesianos, elige a las Hijas de la Inmaculada enviándolas al colegio recién construido en Mornés. María Mazzarello y sus compañeras sufren a causa de la oposición y comentarios de la gente del pueblo, por la decisión tomada por don Bosco. No obstante, esta difícil situación, este grupo de jóvenes valientes no pierden la fe y la alegría confiando en la providencia de Dios y en la presencia materna de la Santísima Virgen.

El 5 de agosto de 1872, María Mazzarello y sus otras compañeras profesan sus primeros votos religiosos: nace así el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, siendo María Mazzarello la primera superiora, quien inicialmente quiso que le llamara Madre Vicaria, porque decía: “La verdadera superiora es la Virgen”.

Como superiora fue una hábil formadora y maestra en la vida espiritual. Tenía el carisma de la alegría serena, irradiando gozo e implicando a otras jóvenes en el empeño de dedicarse a la educación de la mujer. Con gran humildad y sabiduría del corazón, dirige al naciente Instituto encarnando en las primeras Hijas de María Auxiliadora, el carisma dado a Don Bosco.

Rápidamente crece el Instituto, se abren las primeras casas en Italia y la primera misión en América.

 

Madre Mazzarello muere en Nizza Monferrato, el 14 de mayo de 1881 a la edad de 44 años. El Instituto tiene sólo nueve años de historia, pero ya cuenta con 28 casas, 19 en Italia, 3 en Francia y 6 en América. 166 hermanas, 65 novicias y 22 postulantes. Los restos de Madre Mazzarello, se veneran en la Basílica de María Auxiliadora en Turín. Su fiesta se celebra el 13 de mayo.

Fue beatificada por Pío XI el 20 de noviembre de 1938 y canonizada por Pío XII el 24 de junio de 1951.